What’s up!

Ese maravilloso invento que nos mantiene comunicados sin coger el teléfono ni escribir cartas y a la familia unida: el Whatsapp. Nos ha alegrado la pandemia, el cotilleo, el criticar al que sube bromas sin parar, que luego eliminamos o no porque nos han gustado. Y dicen que nos hace escribir y leer 1 ó 2 horas al día. O sea, que leemos y escribimos más que nunca jamás.

Al whatsapp hay que sacarle más partido con los niños en el coche.  Por ejemplo, le dejas el móvil al niño y le dices “ponle a tu tía que estamos saliendo”, “felicita a la abuela”.  Pero que lo redacten ellos, con frases, no con emoticonos. Sin dictarles el mensaje literalmente. Así piensan y crean. Y nos sirven de secretario. Con mayúscula al principio y en los nombres propios. Con tilde. Con signos de interrogación antes y después. Con exclamación antes y después y solo una al final, ¡no varias!!!!

Este truco le ayuda al niño a escribir más que mil cuadernillos de verano. “No pongas OK, pon otra palabra”; y que la piensen: de acuerdo, perfecto, vale. “Ahora pregúntale a tu madre que, además de leche, qué había que coger… pero en inglés”. O en galego. Y lo hacen con nuestro móvil, porque ellos “no tienen”. Mejor clase de Lengua en verano no van a tener. Escribir. He comprobado que les encanta “escribir” con el whatsapp.

Además intuyen los mensajes y el remitente sin mirar. Más de una vez ha sonado el avisito de mi móvil encima de la mesa en clase y alguno ha saltado: “es mi madre… para lo que te dije…” Y un día le contesté al niño de 6 años que llevaba una hora para hacer una frase con “granjero” y “manguera” o “vaca”, no me acuerdo: “pues, venga, cógelo y contéstale tú, a ver qué tal”. Tecleó:  “Gracias, fulanita, ya se lo recuerdo a tu hijo antes de salir, no te preocupes. ¡Un gran saludo!” Le puse un 10: What’s up!

Adrianey Arana

Photo by McKaela Taylor on Unsplash

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Si tienes 6 ó 7 años y tus padres quieren que leas

  • 16 olímpicos muy, muy importantes (César García Fdez.)
  • El bote del Dr. Bombard (Jordi Sunyer)
  • Herbario (Adrienne Barman)
  • El fantasma de la casa de al lado (Iñaki R. Díaz)
  • Mi primer viaje por Europa (Pascale Hédelin)
  • Max Burbuja. Dejadme en paz (El Hematocrítico)
  • Dinosaurios asombrosos (Joshua George)
  • El Gato Garabato (Dr. Seuss)
  • Así es Santiago (Fermín Solís)
  • Perro apestoso va a la playa (Colas Gutman)
  • Maravillosos vecinos (Hélène Lasserre)
  • Agus y los monstruos (Jaume Copons)

Adrianey Arana

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Perseverance

Mi padre nos obligó a ver la tele a las 2 de la madrugada para asistir a la llegada del hombre a la Luna. Yo tenía 7 años. Nos dijo que aquello era historia. Y lo fue.

Anteayer el ambiente del colegio era parecido con la llegada del rover Perseverance a Marte. Los niños tenían la sensación de algo importante. Se mostraban interesados  descubriendo el sentido de sus estudios: el Solar System, el inglés, la programación y la robótica, las matemáticas, el esfuerzo, el trabajo en equipo y la perseverancia. 

Son los valores que la NASA transmite con los nombres de sus robots elegidos siempre por niños en un concurso de redacción. El anterior fue igual: el Curiosity. El dron alojado ahora en su interior y que sobrevolará la superficie por primera vez se llama Ingenuity. Valores o virtudes o como le llames.

Allysa Carson, la que desde niña se está preparando para ir a Marte en 2031 afirma que “si la opción es no regresar a la Tierra y colonizar el planeta, estaría dispuesta». Dejaría atrás a su padre, Bert, el hombre que ha impulsado su sueño. «Él sabe que todo esto es más grande que nosotros dos».

Seguro que Allysa lo logra. Estudia ya en la Universidad Internacional del Espacio que dirige Aldrin, uno de aquellos primeros hombres que pisó la Luna en el 69.

Ojalá surjan más jóvenes con ese coraje. Sin embargo, lo que se necesita para eso, no son grandes proyectos promotores del talento ni más Allysas que descubran nuevos mundos, sino más padres como Bert. Padres que den alas a la libertad de sus hijos y la respeten porque antes han sabido animarles a que tengan sueños, no solo buen comportamiento y buenas notas.

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A monte

     “Ahí os va”. Es cómo te suelen entregar los padres a sus niños en septiembre en el colegio. “Ahí os lo dejo” dicen claramente algunas mamás. También está el “todo vuestro” de papás sacudiéndose las manos. O el “viene como viene”, o sea, que no les ha dado tiempo a concienciarlo. “Hace tres meses que no se pone zapatos”. Y no faltan sorprendidas mamás porque el niño crece y crece y “me estoy quedando sin niño”.

     Los pequeñitos nuevos y sus padres llegan al cole en estado hipnótico.“No ha dormido”. Más animante, claro, para el profe que el “viene dormido” o “no sé cómo he logrado levantarle”. Pero no tan sincero como “la que no ha dormido he sido yo”. Y ya sin complejos: “se ha pasado el verano sin hacer nada (?) …o sea, de escribir y eso”. “Llega directamente de la aldea con los abuelos… sin horarios”, descargando en este caso la culpa en los benditos abuelos. “Allí hace lo que le da la gana”.

     A monte. Así tienen que venir los niños reales al colegio. Y menos mal que están a monte. Es decir, sanos, fuertes. Tostados de más. Agrestes. Con arena en las orejas. Vivos y coleando. Aburridos de helados. Mirando con los ojos. Deseando nuevos escenarios. Digo menos mal porque lo bueno es la vida, no la escuela. Y si el colegio no es vida, es papeleo. Y así es la vuelta al cole sin filtros de instagram. Y así será luego la vuelta a casa: felices y contentos. Eso sí, poco a poco con alguna habilidad más para esa vida de ahí fuera, que cada día tiene más algoritmos.

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Feliz vuelta al cole

“¡Voy a llegar antes y voy a aprender más que túu!” le retaba un niño a otro al salir corriendo a clase del coche de sus padres. Me sorprendió su inocente competición e ilusión por aprender. Niños, con la mirada brillante y feliz.

Hay dos días en el año que relucen más que el sol en los ojos de los niños: la noche de Reyes Magos y el día de la vuelta al cole. Compensan la tristeza de los miles de niños abandonados, maltratados, refugiados o muertos por las guerras. Un buen reportero que captase la luz de este día en una foto podría equilibrar las imágenes del horror a las que el verano nos tiene acostumbrados.

Los maestros saben que los niños son siempre iguales, ni mejores ni peores que otras generaciones. Saben que en ellos hay esperanza. Quieren aprender y dialogar, convivir y jugar al juego de la vida. Somos los mayores quienes no comprendemos a veces, quienes complicamos su vida y la educación con nuestros prejuicios, miedos y obsesiones. No acertamos a hablar, a preguntar, a valorar y entender.

Recuerdo mi recibimiento a un nervioso niño con su madre en un primer día de colegio. “Y tú, ¿cómo te llamas?”, le pregunté tendiéndole la mano. “Fran”, me contestó. Mi veloz memoria no lo situaba en las listas. Miré de reojo a la sonriente madre en busca de auxilio, pero nada. Estaba en éxtasis observando a su retoño tan limpio. Le dije al niño: “¡Hombre, Fran! ¿Fran… qué más?”. A lo que me contestó correctamente: “Cisco”.

Si nos ponemos a la altura de los niños y de las ilusiones de sus madres tan cargadas de esperanzas, todo irá bien. Y este mundo mientras tanto será mejor.

Adrianey Arana

Foto de I. de L.

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