Espadas como labios

Le corrijo al alumno que suelta un taco y me reenvía la noticia de que La Coruña-Arteixo es una de las tres ciudades donde se dicen más palabrotas: 16 diarias.

Hablamos, pero le explico que hablar no es gratis, al menos bien. Cada palabra tiene su efecto y hay que elegirla para que sea agradable, convincente o provocadora y seductora. El arte de la conversación requiere training. Las palabras son balas que disparan nuestros labios.

Las groserías delatan deficiencia para expresar emociones. Reducen la vida a expresiones con la «j» o la «h», de irreverente origen y único recurso de traductores ante el insistente «fuc…» inglés.

En trifulcas parlamentarias salen como «dardos» que traicionan, advertía  Lázaro Carreter. El ministro que propone prohibir la prostitución llama «p… amo» a su jefe. Y a la presidenta le salen los eufemismos de su boca de fresa con la «fruta» por despecho. 

El «uso de la palabra» podría convertir el fango del que salen sapos y culebras en un país de genios y princesas. «El cambio social comienza con el cambio en el lenguaje», opina Lakoff, el del libro No pienses en un elefante.

Y por ese título no pongo más ejemplos. Así que bajemos el tacómetro para que la Von-der-Leyen, que no es un taco, no nos ponga más multas ni peajes. Y elige tus palabras pues por la boca muere el pez.

Foto: Unsplash. Título: cita de Vicente Aleixandre

Siempre nos quedará París

Federico Equis de Dinamarca nos ha sorprendido con su autobiografía «Palabra de rey» a los tres días de coronarse monarca. También Harry, el príncipe, había escrito sus memorias con treinta y pico años, cuando todavía no era rey ni él ni su padre. Y Yolanda Díaz ‘dejó’ que se publicara en 2022 “La dama roja” …’la mujer que podría cambiar la historia de España´. Lo mejor es que Amazon lo ha catalogado como “no ficción”, por ahora.

Sorprende la rapidez por apurar la historia de quienes todavía no son personajes. Sí sabíamos por Hamlet, príncipe de Dinamarca, que en ese frío país hay sangre azul y caliente al tiempo. Y que la monarquía británica lleva decenios tratando elaborar su propio relato perdido entre la realidad, la intriga y la ficción.

Pues en España somos más avanzados. Aprovechando la gripe A me he leído “Tierra firme”, el libro que publicó en un ratito  Pedro Sánchez, dos semanas después de la investidura. Ya me había estudiado su “Manual de resistencia”. En media hora me leí el de Yolanda (en menos me había tragado el de Albert Rivera). Me gustan estas “biografías” de vidas sin vivir o “memorias” de lo que todavía no ha ocurrido o le que sea. Lo hago porque intento comprender cómo se construye la “no ficción” del futuro y descubrir las intenciones o el pensamiento, si lo hay. El de Feijóo lo ojeé en una librería y lo hojeé. Visto.

Se los han redactado excelentes escritores como Moehringer, que antes de Harry arrasó con Open de Agassi. Por eso, a lo mejor serán ellos, los autores, los que quizá pasen a la historia. Porque los personajes de verdad no necesitan biografía. Sus hechos permanecen. Sus vidas son «el libro» escrito o no.

Le pedí a ChatGPT que me escribiera la «biografía de» algún personaje arriba citado y me ha ofrecido cuatro líneas. De mi mismo dice: «Lo siento pero no tengo información de esa persona». Siempre nos quedará París, algo de verdad y la Inteligencia Artificial.

Pensar con otros

He asistido recientemente a varios concursos de oratoria escolares. Los alumnos usan sus exposiciones y réplicas como para convencerte. Saben que no lo logran porque hablan de temas aleatorios que defienden o atacan por sorteo.

Son asombrosamente técnicos en el uso de datos, evidencias o incluso trucos comunes de la retórica. Intentan ser gente que dialoga, habla y se escucha, pero no se emocionan de verdad ni te hacen cambiar de opinión o dudar de algo porque son impersonales.

En el panorama político actual sucede todo lo contrario. Hay lucha, confrontación, ira incluso, emoción y alusiones personales propias o ajenas, pero no hay oratoria, porque ni se habla ni se escucha. Hay prejuicios e ideologías sin diálogo. Tampoco se dirigen a un público sino a un contrincante. No se replica ni se contesta, sólo se hace uso del turno de palabra. Todo lo contrario a la oratoria escolar.

Es inaudito que un político reconozca su equivocación en una tribuna o que pregunte a su oponente con interés por conocer mejor su posición y menos aún que acabe votando la propuesta contraria. Sostenía un ilustre diputado español ante los constantes y agresivos ataques en el foro que para qué intentar convencer a quien luego no te va a votar. Y prefería no razonar su postura por cansancio.

Sin embargo, paradójicamente educamos a nuestros alumnos para que vivan en un mundo diverso y respetuoso. Y a veces hay que aconsejarles que miren para otro lado. Que ante las broncas, insultos y gritos de la política actual, ellos aprendan a escucharse y a expresarse de manera cívica y humana. No imitéis a vuestros mayores. Les enseñamos a expresarse en escenarios incluso en inglés. Al menos en mi colegio cada vez son más frecuentes los llamados “child talks”.

En lo que sí coinciden políticos y alumnos es que no convencen: los jóvenes porque sólo debaten por ejercitarse y los mayores porque no se escuchan ni están ellos mismos convencidos de querer transmitir algo bueno.

A unos y a otros les diría que se puede conversar con quienes no están de acuerdo, como sostiene la profesora argentina Guadalupe Nogués. Esta “speaker” de TEDx Talks y autora de “Pensar con otros” sostiene que no bastan las evidencias para convencer. No hay más que verlo en nuestra política nacional e internacional. Y propone separar lo que creemos de cómo lo creemos, separar las ideas de las personas. Y llega a manifestar que de esta manera incluso podríamos estar más unidos a los de la otra postura que quieren dialogar que a los intransigentes de la nuestra.

E igualmente les recomendaría que sigan las ideas de Chris Anderson, el inspirador de TED. “Hay ideas que vale la pena difundir”, se puede cambiar el mundo con ellas si lo hacemos bien. Su consejo fundamental es estar convencido de que tienes algo que le interesa a los demás y que debes lograr que valga la pena compartir esa idea.

Recomienda preguntarse antes de hablar: «¿A quién beneficia esta idea?» Y necesita una respuesta honesta. “Si la idea solo les sirve a Uds. o a su organización, entonces, lo siento, quizá no valga la pena difundirla. El público lo notará en Uds. Pero si Uds. creen que la idea tiene el potencial para alegrarle el día a alguien o cambiar la perspectiva de otra persona para mejor, o inspirar a alguien a hacer algo de manera diferente, entonces tienen el ingrediente central para una charla genial, que puede ser un regalo para ellos y para todos nosotros”.

Ante la polarización de la política y la inutilidad del discurso no olvidemos que seducir, convencer o influenciar es posible si tenemos algo que ofrecer, si queremos alegrar a otro con algo útil.

Los gestos más motivadores que he visto en la arena política de nuestro país han sido los cambios de opinión. En dos casos líderes de la izquierda radical que han reconocido sus errores y la valía de un oponente. Y también un parlamentario de derechas que escuchó con respeto y halagó a otro al que todos despreciaron.

Porque las competencias en las que formamos a nuestros alumnos y futuros ciudadanos o políticos no son “saber expresarse en público”, sino saber difundir las buenas ideas aunque no sean tuyas, inspirar y ser capaces de hacer un mundo mejor entre todos. Pensar con otros y con-vivir.

Adrianey Arana

Foto de Julien Backhaus en Unsplash