Una conversación

Todo el día con lo oreja pegada a la pared a ver si oye algo. Le hace un gesto al director del manicomio para que se acerque y compruebe. «Pero si no se oye nada», se asombra el director. Y le confirma el loco: «Pues así… ¡todo el día!»

Desde hace dos años sólo hay «una conversación». Ya saben cuál: el covid con todas sus variantes… fulano confinado, mengano positivo, me ponen la tercera… Y parece mentira que la abundante información no encuentre otro asunto. No hay conversación.

Incluso la gigantesca industria del «entertainment» no entretiene ni logra su fin: distraernos.

Un querido personaje que pasó la guerra confinado sostenía que hablar y estar pendiente todo el día de la contienda era pernicioso. Buscaba entretener con su amena y variada conversación, animando a charlar de otros temas y a que todos intervinieran y escucharan. Y no se interesaba diariamente por los avances o retrocesos de los partes informativos radiofónicos.

Habría que leer las novelas victorianas para redescubrir el arte de la conversación en los hogares durante aquellos convulsos momentos de enfrentamientos, viajes, largas ausencias e incomunicación. Me refiero a Jane Austen por ejemplo.

O a Oscar Wilde cuando aconsejaba que «un buen conversador debe tocarlo todo y concentrarse en nada». Porque si no, acabaremos locos y ‘así todo el día’ hablando «del tema». Y terminaremos juzgando como este escritor de hace 125 años que «es absurdo dividir a la gente en buena y mala. La gente es encantadora o tediosa». Y nos volveremos tóxicos para amigos, colegas y familiares.

Por cierto, un consejo del mismo Wilde para Instagram: «Ser natural es la pose más difícil de mantener».  Y ser normal… no digamos.

Adrianey Arana

Feliz 2022

Aunque Ómicron nos mantenga paralizados y ocultos podemos soñar en un 2022 con una banda sonora más feliz. No hay que inquietarse por la falta de actividad o de «megaplanes» con niños y abuelos. Basta con estar ahí, escondidos en la familia o en casa, en segundo plano.

«Mi hija quiere ser segundo violín. No el primero ni solista, ella lo que quiere es tocar tranquila en un segundo plano, porque eso la hace feliz», dice una madre en un carta a un  periódico.

«El mundo está hecho para los que quieren ser famosos, para los que sueñan con ser los primeros. En el colegio se premia a los que exhiben sus logros y se sienten cómodos siendo el centro de atención», se desahoga. 

En el “mundo laboral, se premia a los que alzan su voz por encima de los que hablan bajito, aunque aquellos no digan nada nuevo”.

«Para ese mundo, convertirse en un segundo violín de orquesta no es lo que una niña debería querer ser de mayor. Pero el problema no es de ella, sino de ese mundo. Porque la maravilla de una sinfonía solo es posible gracias a los que sueñan con ser segundos violines. Ese mundo está mal y no lo sabe. Aún.”

Pero estamos descubriendo que se puede ser feliz un año más con un perfil muy bajo y una actividad casi tan solo familiar. Feliz 2022 a todos los que estamos “sin hacer nada”.

Adrianey Arana

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Esta noche es buena

Ella y tres mujeres más tienen cáncer. Curiosamente son 4 madres de treinta y tantos años y con hijas en la misma clase del colegio. Acudía a la radioterapia como quien va a la peluquería. Hablaba  tranquila y contundente. Seria. Pero con naturalidad. Como la que aparecía sonriente tras su sesión.

De algún lugar sale la fuerza de quienes se enfrentan a eso. No sé de donde. Del interior del ser humano y también de quienes le acompañan, la familia y los amigos de verdad. Y los amigos de los amigos. De los buenos colegas del trabajo. De esta sociedad que se ha implicado y avanzado mucho con el cáncer. Porque en eso hemos mejorado. Somos sensibles. Y algunos hasta donan medios para investigar y curar.

La esperanza, como en todas las ‘series’ de ficción, es la que nos hace seguir los episodios hasta descubrir al final que el personaje bueno era otro… el que parecía malo o lejano, o alguien más grande detrás del guión. Y eso nos anima a seguir viendo ‘temporadas’. Y a descubrir la riqueza de otros personajes en este «misterioso taller de Dios», como llamaba Goethe a la Historia.

A esos protagonistas reales, no de ficción, a los enfermos y a los que sufren durante estos días que parecen noches, a los serios médicos y a las enfermeras de dulce voz, a las familias de esta pieza coral en la que no hay actores secundarios ni de relleno: ¡Feliz Navidad!, que nace y comienza «again» la esperanza de esta trama. Está muy oscuro, pero esta noche es buena.

Adrianey Arana

 

Adelantarse

     SEUR dice que el 25% de los consumidores eligen recoger sus compras en un establecimiento, siendo la segunda opción tras la entrega a domicilio. Son tiendas de conveniencia o pickup que ofrecen una nueva solución a la demanda de flexibilidad de las entregas de los pedidos online.

     No sólo se está adaptando el comercio y las tiendas al consumo sino también el catálogo, el cobro, las sugerencias e incluso la entrega del producto. Agilidad, flexibilidad, adaptación al consumidor. Servicio al cliente no, «al que no es cliente».

     ZARA y otros están en esa línea… o no están. «La gente» (o sea, yo) no aguanta ni las tarjetas de puntos con ventajas por la fidelización. No hay clientes, hay compradores hoy.

Y he aquí el reto y la esperanza de cualquier proyecto o trabajo: estar para servir al que no es cliente, al que puede serlo hoy o mañana. Para ayudarle en lo que ni siquiera necesite, pero alguien le intuya. Servir es adelantarse al otro, no adelantarlo.

Si además se ha hecho socio, tiene puntos, es follower o está siendo cliente esta temporada, hay que ofrecerle novedades, cambios y mejoras. Porque si el «cliente» no nota el cariño de la novedad, del gesto personal, se va con otra… inteligencia artificial.

El núcleo del trabajo profesional es la gente. Los valores del servicio a los demás, del amor en el matrimonio y la familia y del cariño forman parte del ADN del ser humano, también llamado consumidor por el e-commerce, paciente por la sanidad, o familia por la educación. Y la mejor manera de servir es adelantarse.

Adrianey Arana

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A cambio de un chiste

– Una caña -pedí a una cara desconocida-. ¿Nuevo por aquí?

– Mi restaurante cerró por el covid y me busqué esto. Me hablaron de aquel tipo -me señala a un camarero que se movía entre las mesas-, que era un crack y quería venir a trabajar con él.

– Ese tipo -le susurré- es rápido y quiere a los clientes, siempre sonríe y no suele estar por la barra… Y también tiene problemas.

Esa misma mañana en el colegio dos niños vinieron a pedirme si les prestaba el cargador del portátil.

– A cambio de un chiste -le pedí a uno muy gracioso. Y me contó uno regular.

– Bueno, le voy a contar otro- y claro, era un poquito más de mayores. Me partí y ellos más. Y se fueron con el cargador.

No todo se arregla con dinero. A mal tiempo, buena cara. Que con el humor es la única moneda de cambio para cuando llueve sin parar desde hace años.

Adrianey Arana

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