Trabajo en equipo

¿Un equipo directivo debe parecerse o ser diverso? ¿Debe un líder elegir a candidatos con los que trabaje a gusto o con los que trabaje eficazmente?

Me dice una directiva educativa que le han prohibido elegir para su equipo a personas con cuatro sesgos similares a ella. Se trataba que de fueran totalmente distintas, hasta opuestas.

Los expertos en recursos humanos saben que los sesgos en la selección hay que identificarlos y superarlos. Pero ¿cómo? Siempre me ha asombrado el trabajo en equipo, algo propio del mundo profesional, deportivo, familiar e incluso lúdico. 

Me parece que el equipo está para lograr algo pero conviviendo al mismo tiempo. Ni lo uno ni lo otro exclusivamente. Por eso, el mejor para unir a tu proyecto no es el que se lleve mejor contigo sino el que tiene lo que a ti te falta.

Hubo un jugador en la NBA que nadie quería al finalizar su contrato con el equipo. Kobe Bryant, líder de los Lakers le dijo entonces a Phil Jackson que lo quería. Algo vio en él que les faltaba. Se pelearon en los primeros entrenamientos. Eran distintos. 

El nuevo falló en algunos partidos clave llegando incluso el entrenador a pedir al resto que no le pasaran el balón. Pero en el momento decisivo del último partido contra los Celtics este jugador fue el que dio la victoria a los Lakers. Kobe vio que estaba enchufado por lo que le cedió el balón y encestó el triple final.

Era Ron Artest y había recibido cuatro años antes la mayor sanción de la NBA por su comportamiento. Pau Gasol también jugaba en los Lakers, otra leyenda que trabajaba en equipo.

Por eso creo que lo más difícil es que reme incluso el que no quiere ni estar en la trainera, el raro, el distinto, el enfermo, el adolescente de la familia, el alumno disruptivo o el jugador de gran ego. Lograr que el no sabe ni quiera, quiera. Hacer que el alma quiera.

 

Barbie

Me tocó en el asiento de atrás la elegante francesa con dos niños que ya berreaban en el embarque. Ella les acariciaba: «Très bien!, chérie… la poupée! Muy bien!, cariño, mira el muñequito!» (en francés, pero se pillaba). Dos horas y media de vuelo chillando, llorando y buscando zapatillas por debajo de los asientos. La mamá tenía la batalla perdida desde antes de subir. 

Algún pasajero volvía la cabeza y sonreía a la gala con una mirada de «¿alguien podría, por favor, ayudar a esa mujer? ¿Pero no hay ninguna madre entre los pasajeros?» No me declaré maestro de primaria por si alguien me obligaba a actuar. Descubrí los auriculares «con cancelación de ruido». Cómoda cancelación.

Cuatro filas más atrás iba una madre alemana negra con cuatro niños del mismo color de entre cinco y diez años. Parecía que no se movían, pero jugaban tranquilos, dibujaban y hablaban en voz baja. Cada uno con su mochilita. Calzados, vestidos, sonrientes y lanzando alguna mirada al leve movimiento de cejas de su madre, una mezcla de Michelle Obama y Michael Jordan. The Boss en carne y hueso.

Antes en el embarque una bella mamma italiana con un bambino de dos años había desplegado alrededor de un asiento una especie de guardería hasta con dos pantallas para que no se aburriera la carissima criatura. Me suplicó vigilarle todo el montaje, prego, mientras llevaba a Leonardo al toilette. Yo le había preguntado antes cordialmente «qual era il nome del bambino» por lo que me debió tomar por un amable caballero o bodyguard. 

La sensación de estar solo en una terminal rodeado de juguetes, muñecos, peluches y pantallas de dibujos animados es como la de un triste payaso callejero sin público. Pero esperé a Leonardo. Se lo merecía.

Las madres o padres que tienen hijos y están con ellos quedando mal o bien en el hotel, avión o donde sea, pero con ellos, son mis líderes, mis «iconos», aunque no parezcan tan inteligentes como Barbie, que todavía no se ha atrevido a tener hijos.