Vida de familia

El famoso director de orquesta Barenboim cree que los niños deberían aprender a componer música. No sólo poseer nociones de su historia o tocar un instrumento. Piensa que componer es una manera de comprender que unas cosas dependen de otras y que en la vida unos dependemos de otros. Y que no es sencillo lograr la armonía que tan agradable resulta.

A mi me sorprende la compenetración. Admiro y envidio esa habilidad entre dos cantantes, músicos, deportistas o amigos. Decía alguien que no es natural, que se trabaja y que en el matrimonio se puede adquirir y mejorar. He escuchado a un experto que la vida de familia no es ni un hotel bien gestionado ni un armisticio, sino una armonía en lo diverso.

No hay nada mejor que el nido familiar, pero en él hay que aprender a compartir. Si no se comparten cosas, no hay vida familiar. Si la comunicación sólo es informativa y racional y no es profunda, no existe.

Sacar adelante una familia es muchas veces tener el carácter de un sherpa, esos guías que suben al Everest dos veces por semana a escaladores que logran la fama por coronarlo una vez. Nadie los conoce ni se les reconoce. Pero lo hacen posible.

Foto: Jacqueline du Pré y su marido Daniel Barenboim

Papá

Es la primera vez que me hacen un regalo por el día del padre: un álbum ilustrado titulado “Papá”. Fue medio en broma, o sea, medio en serio por parte de algunas personas a las que dedico alguna atención. Nos estamos convirtiendo en cuidadores de una sociedad longeva.

Sánchez Serrano, autora de “Cuidarnos – En busca del equilibrio entre la autonomía y la vulnerabilidad”, sostiene que hemos de aprender a cuidar y a cuidarnos. Porque todos somos vulnerables. La cuarta charla más vista de TED es “El poder de la vulnerabilidad” de Brené Brown: la incertidumbre, el riesgo y la exposición emocional requieren aprender a ser vulnerable.

El futuro es de quienes sepan gestionar la incertidumbre, dice un amigo sabio, y crear en su entorno un ambiente de familia, añado yo.

Aunque siempre hay abanderados de pedagogías distópicas. Ante la noticia de que algunos colegios han suprimido el día del padre y de la madre para respetar los distintos modelos de familia me pregunto si hay que prohibir en los restaurantes la “tarta de la abuela” para no herir.

Por eso es prudente instalar alarmas para evitar que nos roben palabras que carecen de sinónimo y que nadie podrá sustituir en el futuro: mamá y papá, abuelo y abuela. 

Y gracias a por el álbum «Papá» de Hélène Delforge.

Ilustración de Quentin Gréban

Navidad es cuando

En opinión de un amigo de seis años el adviento es un cuaderno de plástico con agujeros y un chocolate para cada día… y así hasta navidad. Navidad ya es algo que ni él ni sus compañeros saben expresar en una frase. Porque no es algo sino “cuando”.

Es cuando mamá “decora una mesa que hay allí”. Cuando papá “silba colocando luces”. Cuando vamos de “compras y compras de cositas bonitas”. Cuando se prepara una cena “durante días y días… en el horno de los abuelos”. Cuando papá compra regalos “sin que nadie se entere” y mamá “los va a cambiar”. Cuando deseas algo “y no llega por Amazon, porque hay que portarse bien”. Cuando “envolvemos» o cuando “bebo un poquitito de champán”.

Y podemos seguir. Cuando los abuelos recuerdan. Cuando alguien ya no está y no terminas la frase. Cuando en las oficinas se esconden misteriosos paquetes. Cuando ella exclama al rasgar un envoltorio “te has pasado”. Y él se prueba un jersey musitando con ojos brillantes “me queda perfecto”.

Cuando luces, alcaldes, pastores y reyes, vuelos y bomberos, quitanieves y renos van en cabalgata. Cuando la primera guerra mundial se para en Nochebuena y todos esperamos que vuelva a pasar. Cuando en cada familia se hacen las paces y en cada contienda una tregua de paz. Cuando en política se tiende la mano y en un Mundial de fútbol perder es ganar.

Cuando dijo el Quijote que es “la noche que fue nuestro día” y Rubén Darío que “existe Dios… que Él es la luz del día”.

Adrianey Arana

Perder el tiempo

“Cuando tú vuelves a casa y ves a tu hijo, a tu hija pequeña y “pierdes tiempo”… este coloquio es fundamental para la sociedad. 

Y cuando tú vuelves a casa y está el abuelo o la abuela que quizá no razona bien o, no sé, ha perdido un poco la capacidad de hablar, y tú estás con él o con ella, tú “pierdes tiempo”, pero este “perder tiempo” fortalece la familia humana. 

Es necesario gastar tiempo —un tiempo que no es rentable— con los niños y con los ancianos, porque ellos nos dan otra capacidad de ver la vida. 

Y la sabiduría requiere ‘perder tiempo’”. Todo esto opinaba Francisco el otro día.

Lo mismo que Dickens cuando veía pasear charlando de tonterías al director soñador de su colegio y a su tío algo ido de la cabeza. “Hay muchas cosas que han hecho mucho ruido en el mundo sin valer ni la mitad de aquello a mis ojos”. Pensaba que aquellos paseos hacían mucho bien al mundo.

Y así lo confiesa Irene Vallejo: “Mi abuelo paterno decía una frase que se me ha quedado marcada: ‘El bien no se nota’. Era una persona muy cuidadora, evitaba el daño de la gente, aunque ellos no lo llegaran a saber. Decía: ‘El mal es ruidoso, el bien no se nota porque no chirría’».

Y es que contra el defecto de la eficacia, está la virtud de perder el tiempo (esta frase es mía).

Tengo mil gestiones estos días, leo mucho de la guerra de Ucrania e intento arreglar el mundo dentro y fuera de mi cabeza. Pero quizá prepararles el café del desayuno a los míos, pasear con el cura mayor y sabio, hablar con mi simpática tía de 89 años y charlar en el recreo con mis alumnos de 6 sea lo mejor. Porque es «perder el tiempo».

Adrianey Arana

Foto: Jana Sabeth – unsplash

 

Hermanos de sangre

– ¿Y tu hermana se murió? -me pregunta el niño de 7 años interrumpiendo sus juegos del recreo.

– Sí, ya está en el Cielo, con Dios y muy contenta… mejor que nosotros y pasándolo bien.

– …muy contenta ¿seguro? -piensa en voz alta.

– Seguro, está feliz con muchíiiiiisimos amigos.

– Pues yo ya estoy harto de que se vayan todos al Cielo… -suelta.

– …

– …y echaría de menos a mi madre si voy para allí. Prefiero no ir ahora….

– Es que tú ahora lo que tienes que hacer es ¡ir a jugar! y aprender mucho y crecer y comer la merienda y portarte muy bien… Y ¡gracias!

Como me dicen los seres más queridos de mi hermana: “a seguir remando”. Y “a seguir sonriendo” añado yo.

Que no es lo mismo que se te vaya un familiar a que se te muera tu pequeña “hermana de sangre”. Rápido, como el seco sonido de un disparo venido desde no se sabe dónde.

Y la dejas ahí atrás en el campo de batalla tras haber librado tantas escaramuzas juntos, como los de la Compañia Easy de la famosa Band of Brothers. 

Aunque, como pasa en esa historia, hay momentos en los que compruebas que los amigos también pueden llegar a ser “hermanos de sangre” y eso hace que sigas sonriendo a pesar de que uno de ellos, Ricardo, también se me ha ido hoy para arriba. Ambos de la misma edad. 

Elena y Ricardo, a Dios. Y gracias.

Adrianey Arana