Perder el tiempo

“Cuando tú vuelves a casa y ves a tu hijo, a tu hija pequeña y “pierdes tiempo”… este coloquio es fundamental para la sociedad. 

Y cuando tú vuelves a casa y está el abuelo o la abuela que quizá no razona bien o, no sé, ha perdido un poco la capacidad de hablar, y tú estás con él o con ella, tú “pierdes tiempo”, pero este “perder tiempo” fortalece la familia humana. 

Es necesario gastar tiempo —un tiempo que no es rentable— con los niños y con los ancianos, porque ellos nos dan otra capacidad de ver la vida. 

Y la sabiduría requiere ‘perder tiempo’”. Todo esto opinaba Francisco el otro día.

Lo mismo que Dickens cuando veía pasear charlando de tonterías al director soñador de su colegio y a su tío algo ido de la cabeza. “Hay muchas cosas que han hecho mucho ruido en el mundo sin valer ni la mitad de aquello a mis ojos”. Pensaba que aquellos paseos hacían mucho bien al mundo.

Y así lo confiesa Irene Vallejo: “Mi abuelo paterno decía una frase que se me ha quedado marcada: ‘El bien no se nota’. Era una persona muy cuidadora, evitaba el daño de la gente, aunque ellos no lo llegaran a saber. Decía: ‘El mal es ruidoso, el bien no se nota porque no chirría’».

Y es que contra el defecto de la eficacia, está la virtud de perder el tiempo (esta frase es mía).

Tengo mil gestiones estos días, leo mucho de la guerra de Ucrania e intento arreglar el mundo dentro y fuera de mi cabeza. Pero quizá prepararles el café del desayuno a los míos, pasear con el cura mayor y sabio, hablar con mi simpática tía de 89 años y charlar en el recreo con mis alumnos de 6 sea lo mejor. Porque es «perder el tiempo».

Adrianey Arana

Foto: Jana Sabeth – unsplash

 

Hermanos de sangre

– ¿Y tu hermana se murió? -me pregunta el niño de 7 años interrumpiendo sus juegos del recreo.

– Sí, ya está en el Cielo, con Dios y muy contenta… mejor que nosotros y pasándolo bien.

– …muy contenta ¿seguro? -piensa en voz alta.

– Seguro, está feliz con muchíiiiiisimos amigos.

– Pues yo ya estoy harto de que se vayan todos al Cielo… -suelta.

– …

– …y echaría de menos a mi madre si voy para allí. Prefiero no ir ahora….

– Es que tú ahora lo que tienes que hacer es ¡ir a jugar! y aprender mucho y crecer y comer la merienda y portarte muy bien… Y ¡gracias!

Como me dicen los seres más queridos de mi hermana: “a seguir remando”. Y “a seguir sonriendo” añado yo.

Que no es lo mismo que se te vaya un familiar a que se te muera tu pequeña “hermana de sangre”. Rápido, como el seco sonido de un disparo venido desde no se sabe dónde.

Y la dejas ahí atrás en el campo de batalla tras haber librado tantas escaramuzas juntos, como los de la Compañia Easy de la famosa Band of Brothers. 

Aunque, como pasa en esa historia, hay momentos en los que compruebas que los amigos también pueden llegar a ser “hermanos de sangre” y eso hace que sigas sonriendo a pesar de que uno de ellos, Ricardo, también se me ha ido hoy para arriba. Ambos de la misma edad. 

Elena y Ricardo, a Dios. Y gracias.

Adrianey Arana