El susto

El niño de 5º Primaria de un colegio público de A Costa da Morte estaba mudo. Su madre muy entera con alguna herida. Acababan de salir por las ventanillas. El coche boca abajo, con trozos desperdigados por la autovía y todos los cristales rotos. El techo hundido. Despojos del maletero por el asfalto. Humo y silencio.

Paramos los que íbamos detrás. Intentamos ayudarles, avisar. Ambulancia, Guardia Civil, bomberos. La madre lo llevaba a un cumpleaños. Él iba con muletas porque hace unos días se lesionó jugando al fútbol. Estaba muy asustado. Pude ver el miedo en su cara. Y quise quitárselo.

Mientras le atendían hablamos del cole, del fútbol, de los deberes, de la nueva profe que es muy buena. De su mundo normal y de su vida. La chica de la ambulancia le sonreía. Intentamos quitarle el shock, el susto, el miedo… Pero no es difícil olvidar esa cara en un niño. Le pregunté: «¿Estás asustado, verdad?»  Asintió. «No te preocupes, soy maestro». Y sonrió.

Están bien. Les he llamado.

Adrianey Arana

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En esta casa no se enseña

“En esta casa no se enseña, se aprende” respondía una adolescente a su hermana pequeña que se quejaba de que nadie le enseñaba a jugar al mus. Toda esa familia jugaba y se entretenían muy unidos. Saber jugar al mus para mi es señal de gente lista. Yo quiero aprender, je. Pero tampoco nadie me enseñó. Quizá tenga eso el mus. Que sólo se aprende.

Pero esa frase de esa chica me gustó y se lo dije: «Voy a usarla yo en el colegio con los alumnos pequeños». Y así lo he hecho con sorprendentes resultados. “¡Es que nadie nos enseñó cómo se usa la libreta! ¡Es que no nos enseñaron todavía qué es el horario, dónde hay que ir…!”  Mi respuesta: “en esta clase no se enseña, se aprende”. Impactante. No protestan. Quieren aprender. La frase ya de por sí les motiva. Tiene algo.

Prueben Uds. en sus hogares a ver qué pasa. En los colegios, de todas formas, les enseñaremos a «aprender a aprender». Es una competencia básica de las 8 que van a lograr en alto grado. Y eso tienen de bueno las competencias: que son potentes armas de construcción masiva para un mundo mejor y incluso menos aburrido.

Adrianey Arana

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What’s up!

Ese maravilloso invento que nos mantiene comunicados sin coger el teléfono ni escribir cartas y a la familia unida: el Whatsapp. Nos ha alegrado la pandemia, el cotilleo, el criticar al que sube bromas sin parar, que luego eliminamos o no porque nos han gustado. Y dicen que nos hace escribir y leer 1 ó 2 horas al día. O sea, que leemos y escribimos más que nunca jamás.

Al whatsapp hay que sacarle más partido con los niños en el coche.  Por ejemplo, le dejas el móvil al niño y le dices “ponle a tu tía que estamos saliendo”, “felicita a la abuela”.  Pero que lo redacten ellos, con frases, no con emoticonos. Sin dictarles el mensaje literalmente. Así piensan y crean. Y nos sirven de secretario. Con mayúscula al principio y en los nombres propios. Con tilde. Con signos de interrogación antes y después. Con exclamación antes y después y solo una al final, ¡no varias!!!!

Este truco le ayuda al niño a escribir más que mil cuadernillos de verano. “No pongas OK, pon otra palabra”; y que la piensen: de acuerdo, perfecto, vale. “Ahora pregúntale a tu madre que, además de leche, qué había que coger… pero en inglés”. O en galego. Y lo hacen con nuestro móvil, porque ellos «no tienen». Mejor clase de Lengua en verano no van a tener. Escribir. He comprobado que les encanta “escribir” con el whatsapp.

Además intuyen los mensajes y el remitente sin mirar. Más de una vez ha sonado el avisito de mi móvil encima de la mesa en clase y alguno ha saltado: “es mi madre… para lo que te dije…” Y un día le contesté al niño de 6 años que llevaba una hora para hacer una frase con «granjero» y «manguera» o «vaca», no me acuerdo: “pues, venga, cógelo y contéstale tú, a ver qué tal”. Tecleó:  “Gracias, fulanita, ya se lo recuerdo a tu hijo antes de salir, no te preocupes. ¡Un gran saludo!” Le puse un 10: What’s up!

Adrianey Arana

Photo by McKaela Taylor on Unsplash

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¿Igualdad o Trans? Esa es la cuestión

“Una niña que juega al fútbol ni es una niña lesbiana ni es una niña transexual, es solo una niña que está jugando al fútbol, como dice el colectivo Feminista Ilustrada”, sotiene la  exdiputada socialista, activista LGTB y lesbiana Ángeles Álvarez.

“La infancia y el aspecto educativo son los dos temas sobre los que más hemos querido llamar la atención y sobre el que menos se nos ha escuchado. Tenemos suficientes elementos prácticos para saber cómo se está poniendo en peligro la salud mental y física de los menores. La obsesión de Podemos y del movimiento transgenerista para eliminar de todo este proceso a los profesionales cualificados es, por lo menos, temerario. Es una absoluta irresponsabilidad por parte del Gobierno”.

Alguna diputada cree que existe una mayoría parlamentaria silenciosa contraria a la ley Trans o “Ley Montero” que votará ahora en contra del anteproyecto aprobado por el Gobierno. Las feministas y colectivos deportivos están en contra en general y la Federación Estatal LGTB. Por eso el PP ha congelado su recurso esperando que haya una reacción en el Congreso. Pero el PSOE tiene muy controlada su disciplina de voto. E Irene Montero tiene vía libre en este proyecto no se sabe por qué. Confiesa: “no puedo ceder”. “Son derechos, no deseos, ¡es ley!”. 

La famosa neuropsiquiatra infantil italiana Mariolina Ceriotti explica a la prensa que “quien está familiarizado con la mentalidad infantil sabe muy bien que antes de la pubertad el niño no es capaz de entender el significado de la sexualidad adulta”

“Nada es para el niño más seguro y verificable que la experiencia de su propio cuerpo, tal como se presenta: un cuerpo que solo especifica lo masculino o lo femenino, fácilmente distinguibles por los atributos genitales: hombre y mujer distintos, con una diferencia que tiene como finalidad la posibilidad de procrear”.

Hoy en día los niños están acostumbrados en la escuela a cuidar la naturaleza que los adultos hemos destruido o contaminado amparándonos en nuestros derechos al libre comercio. Los niños ven su cuerpo y lo entienden. Y comprenden que hay que cuidarlo, respetar una naturaleza que está a la vista. Somos distintos pero iguales. Como una niña china, una africana y una española, de distinta raza, pero iguales en todo.

Los familias de los niños suelen decidir por ellos el colegio, las actividades, las vacaciones, su ropa. Más difícil resulta escoger el domicilio o el trabajo. E imposible elegir la raza, la edad… o el sexo. Porque autodeterminarse en todo, crearía una inseguridad jurídica constante y una gran inseguridad educativa, una desorientación a las familias que no pueden elegir a esa edad ni asignaturas optativas. Si ya falta apoyo para la atención de la diversidad en las aulas, el apoyo que exigiría esta elección sería imposible de prestar.

Si te sientes africano -por llevar muchos años allí-, no te puedes cambiar de raza… y tampoco hace falta porque somos iguales. Si te sientes inmaduro, no te puedes cambiar de edad y quedarte en menor. Ni en jubilado se te encuentras cansado. Si eres bipolar, no puedes tener dos personalidades reconocidas jurídicamente. Y si te sientes solo, no puedes registrarte como familia. El sentimiento no es una categoría jurídica ni tu sufrimiento se arregla con el cambio de DNI que ofrece Montero.

Ayudar a unos puede significar confundir a muchos. Todos merecemos respeto sin estigmas, ni violencias ni acosos. Pero cambiar el género es reconocer que el varón no es igual a la mujer o viceversa y que por eso se solicita el cambio.  Es un mensaje contrario al objetivo del Ministerio de la Igualdad: la igualdad en la diversidad. Así como religión, etnia o creencias.

La Ley Montero se puede volver en su contra. Porque los menores que cambien de sexo no pueden luego cambiarse otra vez, solo en 6 meses. Es una decisión para toda la vida. Luego ya no pueden. Algo arbitrario. Igual que también establece que «no podrán consignarse más de dos nombres simples o uno compuesto». ¿Por qué? Porque lo dice la Ley Montero, que no puede ceder’.

Adrianey Arana

Photo by Daniel Cheung on Unsplash

 

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«Lo que hacemos en verano…»

Los veranos son más educativos que el curso escolar. Los niños son más libres, crecen, juegan y se aburren. Sus experiencias son vitales, no virtuales. No aprenden de una clase, sino de la vida, del pueblo, del campamento, de la tía o del abuelo, de los primos o amigos. Y mucho de lo que llaman «monitores«.

Algunos hechos de la vida de los niños ocurrirán por primera vez en verano. Lo más importante: la primera salida de casa, el primer amigo, la primera decisión, el primer amor…, estrenar la bicicleta, o aprender a nadar. Los niños vuelven con otra mirada al curso siguiente del colegio. El que vuelve de un viaje no es el mismo que el que se fue, dicen los chinos.

Nada hay mejor en el mundo que los felices veranos de la infancia, pero el ritmo de vida profesional lo impide y se necesitan campamentos. Y son momentos decisivos. Y ahí están esos «monitores», jóvenes normalmente generosos y entregados, divertidos y atractivos. Muy preparados en sus técnicas y aficiones. Expertos animadores juveniles.

Pero son «profes de verano» y por eso es muy importante elegir bien el campamento, sin prisas, igual que hemos elegido con tiempo los colegios de los hijos. Hoy los campamentos son una actividad esencial del verano y ya no son una actividad pirenaica. Urbanos, diarios y algunos muy profesionales. Y eso hay que buscar. Algo serio, con experiencia, sano, divertido, deportivo o robótico, pero en manos de «monitores» de los de verdad, sin jugárnosla.

Y lo mismo valdría para las familias que dejan a sus teenagers de high school en manos de agencias y organizadores de eventos o macro-eventos juveniles y viajes como el del megabrote de Mallorca de este fin de curso. No hay más que leer lo que les decían las profesoras de algunos de esos alumnos antes del viaje: «Os vais a Mallorca en busca del coronavirus después de que durante meses, en el instituto, nos hayamos dejado la vida para que no os contagiéis y no contagiéis a vuestras familias».  Pero la culpa no fue de ellos… parece ser que fue de nadie, del verano.

Como diría Máximo a sus chicos en el «campamento» de Gladiator, ‘lo que hacemos en verano tiene su eco en la eternidad’.

Adrianey Arana

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