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Una extraña situación

Luis Daniel González.- Cuenta Roberto Innocenti que hace años se convocó un premio, en Ginebra, que debía dictaminar qué libros infantiles eran los mejores. El premio tenía dos jurados, uno compuesto por niños y otro por adultos. Quedaron dos finalistas, el gran ilustrador inglés Tony Ross y él.

Innocenti dice que suponía que los niños votarían a favor de Ross, muy conocido por la gracia e ironía de sus dibujos abocetados, y que los adultos, en cambio, lo harían a su favor debido a su estilo minucioso y detallista. Sin embargo, fue al revés.

El jurado de los niños explicó sus motivos a favor de Innocenti diciendo que su libro «estaba bien dibujado, lleno de detalles, se podía leer hasta tres o cuatro veces y aún se descubría algo nuevo, y además suscitaba curiosidades y preguntas. La profusión de detalles no bloqueaba la curiosidad, sino que provocaba nuevas preguntas». En cambio, el jurado de los adultos opinó que Ross «era divertido y que, por tanto, debía de gustarles a los niños».

Y continúa Innocenti diciendo que, desde luego, Tony Ross es divertido, pero que «se da muchas veces esta extraña situación: como casi siempre son los padres, es decir, los adultos, quienes compran los libros para los hijos, a ojos suyos mis libros parecen demasiado complejos para niños».

Luis Daniel González es especialista en literatura infantil y juvenil. Escritor. Creador de bienvenidosalafiesta.com,  la web española más importante de critica literaria infantil y juvenil, y álbumes ilustrados.

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Carta a los nuevos maestros

By Itxu Díaz*

Queridos profesores:

Claro, yo también fui alumno. He dedicado algunas horas a hablar con otros que también lo fueron en mis tiempos, la Prehistoria, mucho antes de que la barba se me poblara de nieve. Todos coincidimos en un hecho asombroso: las cosas que nos han marcado podrían resultar nimiedades a los que fueron nuestros profesores. Recordamos minúsculos detalles suyos, frases arbitrarias, gestos ordinarios de mañanas frías y perdidísimas de inviernos escolares escondidos en el túnel de los tiempos. Tal vez por eso he pensado en escribir estas letras. Porque cada profesor tiene cada día la capacidad de cambiar el rumbo de la Historia y no lo sabe.

Es el secreto mejor guardado por los alumnos. Lo guardamos sin querer, porque hacen falta diez o veinte años fuera de la escuela para descubrirlo. Es terrible y maravilloso a la vez, jóvenes maestros, pero me veo en la obligación de desvelaros el enigma de la enseñanza: todo cuenta, todo queda, todo importa, todo es relevante.

Un día llegamos al aula y el profesor había escrito en letras gigantes en el encerado Carpe Diem. Nos habló largo rato sobre esto y nos puso El club de los poetas muertos. Otro, siendo muy niños, el encargado de nuestra clase revisó uno a uno los pupitres y las cajoneras y tal como nos había advertido, volcó y vació al suelo todos aquellos que no estaban bien ordenados; lo recordamos siempre porque los volcó todos. También los que estaban razonablemente ordenados.

Un día un profesor al que teníamos harto se echó a llorar en clase en un momento de debilidad con el que paradójicamente se ganó nuestro eterno respeto. Otro, que nos había dado exceso de confianza y el aula se había vuelto una jungla, se cansó de nuestra indisciplina, se despidió y dijo que vendría un nuevo maestro. A los pocos minutos entró él mismo, se presentó al aula con gesto serio y distante, y nos dio la oportunidad de empezar de cero, ya sin camaraderías.

En efecto. Todo esto son naderías que sobreviven en el recuerdo porque rompieron la rutina escolar y dejaron alguna huella. Pero, sin embargo, la dejaron y eso es lo importante. Los alumnos son esponjas, absorben todo lo que se les transmite consciente o inconscientemente y son ultrasensibles a aquellas actitudes que descubren al hombre que hay detrás del profesor. En todos los recuerdos de los que creo haber aprendido algo subyace un elemento común: la ruptura de lo previsible y la aparición de cierta humanidad en el maestro.

Es así como el niño –y los observadores- nunca olvida al profesor que le golpea cariñosamente la cabeza al cruzarse por un pasillo, al que detiene la clase para rezar una oración por el abuelo de un compañero que acaba de fallecer, al que dedica un día dos horas de su tiempo a reconducir al alumno que otros han dado por perdido, al que pide perdón delante de sus chicos por cualquier error cometido.

Una noche, en una convivencia escolar, destrozamos unas cuantas habitaciones haciendo una divertidísima guerra de extintores. Sí, la yo sé… A la mañana siguiente la responsable del alojamiento -¡tenebroso carácter!- exigió a nuestro profesor que nos arrancase el hígado uno a uno o un castigo equivalente. Lo cierto es que nosotros ya habíamos confesado nuestro pecado y hasta habíamos accedido a ser castigados. La señora clamaba por un castigo ejemplar, una gran reprimenda. De modo que nuestro maestro nos reunió en una sala acristalada para ejecutar la gran sentencia. La vengadora miraba desde fuera a través de un cristal. Nos dijo: “poned cara triste, voy a hacer como que os abronco para que lo vea ella y se quede tranquila”. Y no nos abroncó. Se limitó a agitar los brazos de forma salvaje, como en una riña, mientras nos contaba cosas sin importancia e incluso divertidas. Un gran teatro. ¿Qué aprendimos? Que casi siempre te mereces una gran bronca después de hacer el cafre, pero no siempre. En cierto modo, con 15 años tienes derecho a hacer un poco el idiota y a que no te estén tirando de las orejas a cada minuto como si el puñetero mundo se hubiera terminado por hacer una guerra de extintores.

No quiero extenderme. A fin de cuentas lo que pretendo advertir a los nuevos maestros es simple: cada día, cada minuto de tu trabajo en el recinto escolar, tienes una oportunidad de cambiar la vida de cada uno de ese par de ojillos confusos que te miran desde el pupitre. No sabes bien el poder que tienes, ni el poco esfuerzo que necesitas para dejar una huella indeleble y tal vez decisiva en esos corazones que aún navegan en la inocencia.

Deposita cosas buenas y semillas de belleza en esos corazones. No verás ningún resultado interesante ahora, pero dentro de diez, veinte o treinta años, algún adulto afligido y en peligro se amarrará al árbol, ya crecido y robusto, que un día cualquiera plantaste en su joven corazón. Y sobrevivirá al temporal.

* Itxu Díaz es periodista, columnista satírico y escritor. Su último libro "El siglo no ha empezado aún". Su web: itxudiaz.com"

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Cumbre del G6 por la paz

'Baltasar y Papá Noel han confirmado su asistencia'. 

(By Estefanía Laya*) Todo ya preparado para la cumbre del G6 en la sede de la ONU este sábado 5 de enero. La reunión sentará juntos por primera vez a los seis gigantes de la felicidad de los niños: dos o tres de los famosos Reyes Magos (Arabia Saudí), Papá Noël (USA), Santa Claus (Alemania), y el Ratoncito Pérez (España), por primera vez en este encuentro.

"Me siento muy satisfecho –comentaba Pérez a su llegada al aeropuerto de La Guardia. Tenemos poco presupuesto, pero nuestro lema es estar siempre ahí. Sin ideologías de ningún género".

"El problema es el Black Friday ha reconocido Melchor-. Buscamos la empatía. Por eso hemos puesto a  Baltasar a negociar con las grandes superficies digitales". 

"He venido para encontrar un diálogo con los tres Reyes. ¿Podemos ser más, no? -confesaba Papá Noël desde su trineo a la llegada a JFK-. Reconozco que nuestra política de adelantarnos con el 24D no ha estado bien. Nunca he sido muy creyente, pero en el fondo lo hicimos como un gesto reconciliador de unirnos a esa gran noche, aunque algunos no quieran verlo así".

"No podemos obsesionarnos con el Black Friday y verlo como un enemigo a las White Christmas-dice Baltasar más optimista-. No podemos pelearnos entre nosotros y dar este espectáculo".

"Yo no tengo nada que ver con las Navidades -ha confesado el Ratoncito Pérez-. Pero sí en que los niños sean felices. En que mantengan la ilusión por portarse bien y ser valientes, aunque a veces se les caiga un diente".

La cumbre del G6 busca una paz urgente entre estos grandes, un futuro sin crispaciones y un diálogo que ahora mismo parece imposible. El elevado coste de la cría de renos en Laponia, la escasez de camellos de raza en Arabia, la ortodoncia infantil en los países desarrollados y los brackets en los dientes de leche son factores que están agravando esta crisis.

"Tenemos que reinventarnos –dice Santa Claus, el líder que más apoya esta cumbre-. Somos distribuidores de alegría, no comerciantes. Lo importante es la ilusión, no el regalo".

"Quiero seguir viendo a padres felices aupando a su niña a los hombros por encima de la multitud – confiesa Melchor-. Cuando me fijo en un padre así, me emociono en cada Cabalgata. Lo siento. Padres, ayudadnos  a recuperar vuestra ilusión. Los niños siempre la tienen".

Se espera que al final de la cumbre los líderes de la Navidad suscriban un documento conjunto. En la versión facilitada a los medios figura un mensaje a las familias: "No somos Superhéroes, que luchan entre ellos por la justicia. Luchamos unidos a todos los padres del mundo por la generosidad. Somos más felices dando que recibiendo. Queremos que los niños nos imiten de mayores. La generosidad es más que la justicia".

¡Feliz Noche de Reyes!

*Estefanía Laya es un seudónimo de una persona docente de Primaria

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En modo Navidad

          Todos los niños quieren el globo transparente con lucecitas. Una abuela joven le compraba ayer uno a su nieto mientras el papá paseaba más atrás charlando con otros “a su bola”. Los vi venir. El papá se dio cuenta y justo cuando pasaban a mi lado le recriminaba con dureza al niño agarrándole por el brazo: “¡¿Se puede saber para qué quieres un globo?!”

 

          ¿Para qué quieres un globo? Es la pregunta más absurda que se le puede hacer a un niño. Es una pregunta sin respuesta. La abuela parece que lo sabía. Pero los niños no tienen respuestas. Solo preguntas. Menos mal que seguí de paseo y más adelante me presentaron a una pareja madurita y me dice ella: “los niños son la respuesta a todo”. “Tener un niño te sitúa ante lo esencial de la vida”. Respuestas de una mujer sin hijos que añora uno.

 

          ¿Para qué quieres un globo? ¿Para qué sirve la Navidad? No sé. El Niño es la respuesta. Y, por cierto, compradle un globo al niño cuando salgáis a la calle. ¡Esos angelitos, je! Y relajaos. Que estamos en modo Navidad.

 

(By Adrianey Arana)

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Jaque mate

     Arracimados frente a la pizarra digital los 25 niños y yo en una feroz partida de ajedrez contra el ordenador. En el suelo. Ayer. Eramos ‘las blancas’. Cada uno hacía su movimiento. Yo miraba y sugería. Pero la cosa se fue calentando. La máquina nos hace un “jaque”. Todos se ponen de rodillas escudriñando con tensión las casillas. Sale el que tiene su turno… ¡Pobre!, pensé yo, como tirar un penalty en Riazor. Mueve. Le digo que si se pone ahí, la torre enemiga le va a comer. Y él dice que no: Ya jugué contra esta máquina, y siempre se va. Y efectivamente, ante mi asombro, el ordenador no come la pieza y se aleja con otro movimiento que nos permite escapar.

 

     Los niños son de 1º de Primaria. Tienen 5 y 6 años. Les apasiona el ajedrez. Trabajo en uno de esos colegios que lo tienen como asignatura dentro de una asignatura. Como ideología, se dice ahora. Les hace más inteligentes. Quizá la inteligencia artificial nos sustituya a muchos profesores y a libros de texto. No lo sé. Lo que sí sé es que la inteligencia artificial de una potente aplicación de ajedrez no pudo con un niño normal de 5 años que ya la tenía pillada. Y sobre todo no pudo con la rabia que se apodera a veces de los humanos y les hace acometer empresas imposibles.

 

     Porque la partida siguió. No trabajo con niños editados en un laboratorio de China, fríos e inmunes a no sé qué, sino con hijos reales, humanos, hambrientos. Que al final lograron lo que ninguna máquina podría hacer. Lo que hacemos cuando no podemos más. Enfadarse con el programa y gritar: “¡Profe, mátalo tú!”. Querían aplastar al maldito programa con el “Jaque mate”. Y así vencieron, …bueno, vencimos…vencerán.

 

( By Adrianey Arana)

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