Espadas como labios

Le corrijo al alumno que suelta un taco y me reenvía la noticia de que La Coruña-Arteixo es una de las tres ciudades donde se dicen más palabrotas: 16 diarias.

Hablamos, pero le explico que hablar no es gratis, al menos bien. Cada palabra tiene su efecto y hay que elegirla para que sea agradable, convincente o provocadora y seductora. El arte de la conversación requiere training. Las palabras son balas que disparan nuestros labios.

Las groserías delatan deficiencia para expresar emociones. Reducen la vida a expresiones con la «j» o la «h», de irreverente origen y único recurso de traductores ante el insistente «fuc…» inglés.

En trifulcas parlamentarias salen como «dardos» que traicionan, advertía  Lázaro Carreter. El ministro que propone prohibir la prostitución llama «p… amo» a su jefe. Y a la presidenta le salen los eufemismos de su boca de fresa con la «fruta» por despecho. 

El «uso de la palabra» podría convertir el fango del que salen sapos y culebras en un país de genios y princesas. «El cambio social comienza con el cambio en el lenguaje», opina Lakoff, el del libro No pienses en un elefante.

Y por ese título no pongo más ejemplos. Así que bajemos el tacómetro para que la Von-der-Leyen, que no es un taco, no nos ponga más multas ni peajes. Y elige tus palabras pues por la boca muere el pez.

Foto: Unsplash. Título: cita de Vicente Aleixandre

Extrapolar

“Elige tus palabras” podría cambiarse por “cuidado con lo que dices, escoge tus palabras, habla bien en público, redacta con estilo, ojo con esa boquita”.

Los maestros educamos las palabras. No es “me robaron”, sino “me desapareció”. No es “tu hijo es un desastre”, sino “tu hijo puede mejorar”. Porque el maleducado es el no educado y a eso nos dedicamos los educadores.

Una expresión sencilla pero desacertada provoca un sentimiento de injusticia en un alumno o un enfado familiar. Al de la ESO que tarda en sentarse no le decimos que “pare de hacer le tonto”, ni al marido que llega tarde “tus hijos te esperan”.

 «Cuando tengas que escoger entre tener razón y ser amable, elige ser amable». Frases cortas y sencillas, sin recursos literarios, como esta de Raquel Palacios. La autora de La lección de August (Wonder en el cine), recomienda llegar así a los jóvenes. Elegir las palabras, pensar la expresión y tenerla a mano.

Jon Favreau, el poeta de 27 años que escribía los discursos de Obama, buscaba hasta la musicalidad. La sencillez y la rima dotaban de grandeza y convicción a sus mensajes.

Una palabra vale más que mil imágenes. Lo sabemos por lo difícil que nos resulta redactar una breve respuesta adecuada en whatsapp en vez de mandar un emoticono poco expresivo.

 En la comunicación de un informe profesional riguroso no es lo mismo hablar de “víctimas” que de “encuestados”. Ni “440.000 víctimas” es lo mismo que “estimación de 8.013 encuestados telefónicos y online”.

“Víctima” es una palabra muy seria porque significa persona herida. Si se emplea mal, hiere más y más. Y aquí las palabras deben ser bien elegidas, con precisión e incluso con caridad.

Y por eso el Defensor del Pueblo en la rueda de prensa del viernes tuvo que decir que no, que esa cifra no aparece en las 779 páginas que contiene el informe titulado ‘Una respuesta necesaria’. No sólo no aparece, sino que se negó a dar cifras concretas e invitó a la prensa a no extrapolar.

“Extrapolar”: he ahí la cuestión. No sabemos qué nos quieren decir y nos andamos extrapolando.

Posibles escenarios

Lloró porque su libro favorito iba a ser pasto de las llamas en el simulacro de incendio. Le expliqué al niño que no era verdad, que nos habían dado un susto muy grande, que no ocurría nada y regresaríamos a clase.

Algunos niños no distinguen simulacro de realidad, como nos sucede hoy a muchos con tanto pensamiento conspiranoico, fake news y hackers rusos fabricando noticias (que ahora no lo logran, no sé por qué). Somos ciudadanos abrumados por los protocolos de nuestros miedos. En los colegios americanos ya practican simulacro de tiroteo en las aulas -como ha puesto de relieve una de las últimas portadas del New Yorker– y en toda Ucrania de bombardeo aéreo.

Alex Martínez Roig alerta en El País contra el creciente catastrofismo de malas noticias alentado por fáciles titulares como “Cuenta atrás para la 3ª Guerra Mundial” y se pregunta “¿deberían recibir algo más de luz algunos elementos que invitan a la esperanza?”

En los aviones hemos sustituido el “buenos días, señor” o “¿desea Ud. zumo, Coca-Cola, aperitivo?” por una interminable, prolija y exagerada sesión de avisos en caso de accidente.

La ilusión, inocencia y felicidad por viajar o vivir se han transformado en previsión y protocolo ante posibles “escenarios” apocalípticos. Esta es la expresión favorita: “posibles escenarios”.

Sí, la prensa es muy responsable, pero nosotros también damos titulares en la vida diaria. De hecho es lo único que ofrecemos en la cocina, en el trabajo o en el coche. No largamos discursos pero las palabras y breves expresiones de nuestra conversación producen efectos

Titulares como: no queda ya leche, dan lluvia, no llegamos a fin de mes, o los niños quedan solos soltados al cónyuge o hija mayor. U otros como: la fotocopiadora sigue estropeada, no hay wifi o a ver si alguien hace algo… elaboran un cóctel amargo al que añadimos en el coche una rodajita de noticias de la radio.

Observo que del “buenos días” hemos pasado a desear sólo “buen día” porque más no podemos asegurar, sólo 1 día. Y acabaremos diciendo: “Buena mañana” o “¡que no tengas mal día!” O bien respondemos al “qué tal” con un “bien o te cuento”, “sobreviviendo, que no es poco”, “falta menos para el viernes”.

Mejoremos nuestras expresiones de saludo y respuesta para intentar que este mundo se vea como un lugar mejor en el que no hacemos llorar inútilmente a los niños.

Como contestaba rápidamente al “qué tal” un gran amigo cuando se encontraba mal y agotado: “estoy que me salgo”. Notabas que él mismo se sentía más feliz y sonreía con picardía al expresarse así.

Cuando regresamos al aula del meeting point del simulacro le enseñé al niño su libro favorito intacto y sonrió, lo abrazó y ni Putin ni Biden ni el CGPJ ni el terrorismo ni los incendios pudieron destruirlo. Fue tan solo un susto a un niño que creyó que el mundo se consumía en llamas. Falsa alarma y feliz Halloween, la fiesta de los sustos de mentira.

Adrianey Arana