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Nike y las madres

 

     En Nunca te pares (2016; Conecta, 2020), el relato autobiográfico de Phil Knight, el fundador de Nike, habla primero de su infancia y juventud, luego de cómo empieza importando zapatillas desde Japón hasta Estados Unidos, después de cómo llegó a fundar Nike en 1973 (al principio sólo una fábrica de modelos de zapatillas de deporte), y luego de todo lo que fue ocurriendo hasta llevar a su empresa hasta su actual posición de liderazgo.

     Aquí sólo quiero contar una anécdota de su madre, cuando él era un niño. Habla de «los frecuentes entrenamientos a los que me sometió. De joven había presenciado cómo una casa de su barrio se quemaba hasta quedar reducida a cenizas; una de las personas que se encontraba dentro murió. De manera que solía atar una cuerda a la pata de mi cama y me hacía utilizarla para descender haciendo rápel desde la ventana de mi habitación, en la segunda planta. Mientras tanto, ella me cronometraba. ¿Qué pensarían los vecinos? ¿Qué podía pensar yo? Probablemente esto: la vida es peligrosa. Y esto: debemos estar siempre preparados. Y esto: mi madre me quiere».  

     Al terminar el libro, cuando hace balance, explica que él y su mujer, en ese momento en el que está terminando el libro, «estamos construyendo un reluciente campo de baloncesto en la Universidad de Oregón, el Matthew Knight Arena (…) y ultimando la construcción de unas nuevas instalaciones deportivas que planeamos dedicar a Dot y Lota, nuestras madres. Una placa situada a la entrada llevará la inscripción: PORQUE LAS MADRES SON NUESTROS PRIMEROS ENTRENADORES».
Luis Daniel González es especialista en literatura infantil y juvenil. Escritor. Creador de bienvenidosalafiesta.com,  la web más importante en español de crítica literaria infantil, juvenil y álbumes ilustrados.

Foto: Nike

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Los consejos de Rosemary Wells

     LUIS DANIEL GONZÁLEZ.- Recordando su carrera como ilustradora, Rosemary Wells contaba cómo un día de 1979, escuchando a su hija Victoria, de cinco años, intentar enseñarle palabras y modales a Marguerite, la pequeña, se le ocurrió transformar eso en un álbum ilustrado. Convirtió a Victoria en Ruby y a Marguerite en Max, y preparó Max’s First Word, un relato de dieciséis páginas. Lo llevó a su editora, Phyllis Fogelman Baker, que, al verlo, le dijo: «esto es una completa innovación. Todos los libros para pequeños tienen una palabra por página y aburridas imágenes de objetos. Incluso un bebé de 18 meses se aburre con un libro aburrido. Pero este es divertido y es una historia real. Vete a casa, escribe tres más, y haremos algo que nadie ha hecho antes en la edición». La ilustradora preparó entonces Max’s Ride, Max’s New Suit, Max’s Toys, y así nacieron los libros para prelectores que hoy conocemos como board books, esos libros pequeños para dedos pequeños, en cartoné para ser resistentes, y con esquinas redondeadas para ser manejados sin peligro.

     En España se publicaron en su momento varios álbumes de esa serie de Max y Ruby, o Julia, o Rosa, según las ediciones, aunque de los muchos libros de Rosemary Wells el más conocido entre nosotros no pertenece a ella sino que es una graciosa historia de celos infantiles: ¡Julieta estate quieta!  Hecha esta introducción para mostrar que la autora puede hablar con autoridad sobre la cuestión, he aquí cómo piensa que deben ser los álbumes ilustrados para niños: dice que, como en los sonetos, en ellos la estructura es crucial y cualquier error de medida se nota; que, como son cortos, los personajes deben «llegarle» al lector en la página uno; que, aunque no tienen por qué ser divertidos, lo cierto es que los mejores lo son; que, como han de poder ser leídos centenares de veces, hay que quitarles cualquier nota de blandura o de histerismo que tengan; que no deben estar basados en personajes televisivos y que, atención, nunca deben ser escritos por un psicólogo…

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Recuerdos gozosos

     LUIS DANIEL GONZÁLEZ.- En sus memorias, Astrid Lindgren, una de las más importantes escritoras de literatura infantil del siglo XX, recuerda que, cuando era niña, leyó multitud de relatos. De su experiencia concluye que el campo de lectura del niño ha de ser muy amplio pues, afirma, «no creo que los niños deban ser considerados críticos literarios». Y dice a los padres de que han de inculcar pronto el camino del libro a los hijos: «Ahora mismo, cuando vuestro hijo tiene seis, u ocho, o diez, o doce años. Luego sería demasiado tarde. Demasiado tarde para Blancanieves y para el Doctor Dolittle, demasiado tarde para unas Aventuras de Tom Sawyer y un Robinson Crusoe; demasiado tarde para tanta ilusión y tantas emociones. Sencillamente, demasiado tarde para encontrar el camino de la más extraordinaria de todas las aventuras».

     Recuerda también el pueblo de su infancia y a sus padres con gozo: «Era bonito ser niño allí, y bonito, sobre todo, ser hijo de Samuel August y Hanna. ¿Por qué era tan bonito? He pensado con frecuencia en ello, y creo que ya tengo la respuesta. Tuvimos dos cosas que hicieron de nuestra niñez lo que afortunadamente fue: sensación de seguridad, y libertad. Nos sentíamos seguros junto a unos padres que tanto se querían y que siempre tenían tiempo para nosotros, cuando les necesitábamos, pero que por lo demás nos dejaban jugar y retozar libremente por el maravilloso lugar que Näs representaba para unos chiquillos. Desde luego éramos educados con disciplina y en el temor de Dios, como requerían las costumbres, pero en nuestros juegos disfrutábamos de una libertad estupenda, y nadie nos vigilaba. Y nosotros no cesábamos de jugar y jugar, rayando casi en el milagro que no nos matásemos».

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Catadores

LUIS DANIEL GONZÁLEZ.- Con el propósito de señalar la importancia de que los niños tengan a su alcance álbumes ilustrados valiosos, decía la gran ilustradora inglesa Shirley Hughes en sus memorias que los niños tienen una memoria visual mayor que la de los adultos y que se ha de buscar la forma de potenciarla y de mejorar sus respuestas estéticas. Explicaba que debemos ser la sociedad visualmente más estimulada de la historia y que conviene  hacer más lento ese proceso para los niños, y para los no tan niños, si no queremos que acaben siendo una especie de «borrachos visuales». 

     En relación a lo mismo, Chesterton comparaba las «gigantescas trivialidades de los anuncios publicitarios con esas minúsculas y tremendas pinturas en las que los medievales registraban sus sueños; pequeñas pinturas donde el cielo azul es algo mayor que un único zafiro y los fuegos del infierno sólo una manchita pigmea de oro». El viejo artista, decía, luchaba por transmitir que los colores eran realmente cosas significativas y preciosas como joyas: ése es el espíritu con respecto al color que las escuelas deben recuperar si quieren dar una verdadera educación estética. La dura tarea que tienen por delante los educadores en esta cuestión es que deben enseñar a la gente a saborear los colores como se hace con los licores: tienen el difícil trabajo de convertir a los borrachos en catadores.

Foto: pixabay.com

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Libros felices

 

 Para pensar en cómo encontrar los mejores libros para niños conviene comenzar por la constatación de que la visión de los niños es fresca: un sonsonete puede aburrir al adulto pero tiene siempre la capacidad de hacer gracia una y otra vez al niño; es el adulto quien puede ya estar de vuelta y querer algo que le suene a nuevo, pero para el niño todo es nuevo. Una conclusión de lo anterior es que no tiene mucho sentido buscar originalidades e ironías posmodernas en los libros infantiles y que conviene reivindicar siempre las historias del pasado que han gustado a niños de muchas generaciones y de muchos ambientes distintos: esto es todo un sello de calidad (aunque luego las ediciones concretas pueden ser mejores o peores).

       Otro punto básico es el de que hay que buscar libros felices, felices porque diviertan a sus lectores naturales y felices porque sean a la vez valiosos y alegres. Lo primero queda claro con una minianécdota que leí hace poco en un tuit: en él se decía que, a la pregunta de una encuesta sobre cuál era la palabra favorita de cada uno, mientras los adultos elegían algunas abstractas y edificantes –como «paz», «libertad», «amor», etc.— una niña dijo, simplemente, «columpio».  Lo segundo se puede mostrar con un comentario de Eric Carle, uno de los grandes autores e ilustradores para primeros lectores de la segunda mitad del siglo XX, cuando decía que tenía un propósito fundamental con sus libros: provocar la alegría del niño cuando hace descubrimientos por sí mismo, un deseo y una intención que nacían del recuerdo de sus experiencias infantiles al aprender.

Luis Daniel González es especialista en literatura infantil y juvenil. Escritor. Creador de bienvenidosalafiesta.com,  la web española más importante de critica literaria infantil y juvenil, y álbumes ilustrados.

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