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Pegasus

    “¿Para qué traes esa capucha en la mano?”, le preguntaba hace poco a un niño al entrar en clase un día de sol. “Por si hay simulacro”, me dijo. Recordé que el día de la evacuación llovía a mares y hubo que salir al patio. 

     Pues ahora ya no nos vale ni la capucha ni el simulacro. Estamos en el futuro real. Dicen que  está aquí. Deshojamos despacio la margarita del confinamiento aguardando la suerte final que puede ser rara, una distopía, o feliz, una utopía. Esa era una reciente viñeta del The New Yorker. Y mientras tanto, preparamos la futura escuela híbrida que nos toca vivir.

     Ya estaba ahí. Se estaba gestando en miles de colegios diversos y en hogares de todo tipo. Híbrida o combinada, porque es física y es digital, porque todos ayudan a que el niño aprenda: la tecnología de la wifi, la fibra, el móvil chino, el padre con su tablet y con su niña, la cuidadora poniendo orden, el "profe" marcando pautas y usando apps, la mamá que aporta una idea para la clase, la editorial que espabila, y el político que va decidiendo realidades.

     En algunos “webinars” a los que estoy asistiendo (expertos educadores o profes, no gurús, que te reúnen por video-conferencia), se comenta que “lo que me quedaría del confinamiento es la relación familia-profesores”, que eso está siendo mágico. Queremos quedarnos con eso. Con este nuevo futuro que estamos deshojando. Unos con otros. Y esto con aquello.

Se ve que en este país somos valientes. “De repente, para los valientes, lo malo se convierte en bueno”, decía Browning. Estamos preparando entre todos una escuela mejor, con distanciamientos, rutinas, protocolos, turnos, nuevos espacios y retos. Desafíos con fuego real. Pero ilusionados con las alas que hemos descubierto y que nos permitirán volar por encima de las dificultades.

    No nos es ajeno a los hombres el mito de Pegasus, el caballo con alas que aun en el aire movía sus poderosas patas como si todavía cabalgara. Porque todo ayuda. 

Foto: pixabay.com

 

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Normalidad normal

Clase on line, la madre enchufando el audio y la cara del niño pegada a la cámara, sin mascarilla y a menos de 2 centímetros: “¡mira, se me ha caído un diente!”. Y el imparable Ratoncito Pérez le dejó un regalito en la almohada en pleno confinamiento. Y me pega la hoja de las tareas al objetivo para que vea la buena letra. Distanciamiento.

De cerrar los colegios a cal y canto con conciliaciones imposibles para los padres a abrirlos pero con medidas de la NASA irrealizables por el profesorado y por el Ratoncito Pérez hay términos medios más normales. 

Hace 30 años las medidas higiénicas en comedores escolares, en baños públicos, en piscinas, o en hospitales eran ridículos. No digamos en las rutas escolares. La nueva normalidad ahora es que en los hospitales no se fuma, en los baños de la autopista pone “limpiado a las 17’00 h. por fulano”, en las piscinas hay que ir con gorro. En los buses los niños van con cinturón y cuidadora. Y me quedo corto. 

Elevar la exigencia de medidas higiénicas y las rutinas sanitarias o saludables en los colegios es posible. En comedores, baños, casilleros, rutas de bus, material de uso personal.

Lo que no se puede es tener solo 15 niños en un aula y separados todo el día en burbujas de 2 metros. En los colegios no hay distancia social. Los maestros limpiamos, fregamos vómitos, ponemos termómetros y, sobre todo, corregimos cuadernillos en los que te encuentras hasta restos de merienda, o afilamos lápices recién chupados. Todo eso y más no se evita con “aulas de 15 niños y medidas de distanciamiento social” en niños que nunca en su corta vida se ha separado más de 2 metros de nadie. 

Sí se pueden exigir medidas de mejora como una mayor digitalización en los materiales escolares. Se puede decir a las familias que para el próximo curso adquieran tablets u ordenadores en lugar de una lista con mil cuadernillos, lápices y colores, y evitar trasiego de materiales. Se puede jugar en el recreo, pero luego lavarse las manos. Se puede poner una mascarilla para coger el bus escolar, además de abrocharse el cinturón. Se pueden elaborar menús más controlados por Sanidad. Se pueden colocar más dispensadores de gel y de jabón y secamanos, se pueden mejorar los baños de alumnos y los dispensadores de papel higiénico. Se puede quedar en casa el niño que esté malito y no mandarlo al cole. 

Las editoriales pueden ofrecer algo más interactivo que no sea humo o “pdfs”. Las plataformas educativas pueden ser tan atractivas, útiles y fáciles de usar como lo es la Play por la tardes. Y las aplicaciones para clases on line pueden tener la posibilidad de que el profe, por favor, apague los micros de todos los niños y el chat, para poder oírse unos a otros sin ecos y que se pueda tener algo parecido a una "classroom" sin muchos malabarismos. Y facilitar a los profes medios digitales adecuados y no un calendario de propaganda.

Y por supuesto todo con gran normalidad. Pero no vale decir que mientras no se sepa qué va a pasar no se me ocurre qué pensar.

Foto: pixabay.com PublicDomainPictures

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Reaprender la alegría

 "Se equivocaría quien pensase que nos volvimos locos de alegría". El día que les liberaron de Auschwitz, contemplaron  la bella naturaleza de los alrededores del campo mientras les organizaban la partida. Victor Frankl, psiquiatra judío, libre pero todavía allí, cuenta sus raras impresiones.

“Por la tarde y cuando otra vez nos encontramos en nuestro barracón, un hombre le dijo en secreto a otro: «¿Dime, estuviste hoy contento?». Y el otro le contestó un tanto avergonzado, pues no sabía que los demás sentíamos de igual modo: «Para ser franco: no». Literalmente hablando, habíamos perdido la capacidad de alegrarnos y teníamos que volverla a aprender, lentamente.”

Imagen: pixabay

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Les Luthiers

"El 26 de abril el enemigo inicia una gran contraofensiva. Por la mañana Waving pronuncia su celebre frase: 'La pluma del águila jamás será una gota de aceite'. Esa misma tarde se lo llevan al manicomio”.

 

En homenaje a ti , Marcos Mundstock, voz de Les Luthiers, capaz de tomarse a broma a sí mismo y a sus propios personajes, a su ego o 'argentino que todos llevamos dentro', a su Mastropiero, te cuento en este confinamiento alguna ocurrencia verídica, incluso cierta, de los niños. El humor que crean sin quererlo.

 

El papá al niño de 5 años:

– ¿Te gusta más esta profe que la del año pasado?

– Más ésta, pero…

– Pero ¿qué?

-…pero está casada.

 

El profe corrigiendo ejercicios en su mesa de la clase y un niño se vuelve a su pupitre después de haberle borrado y hacerle repetir.

Regresa el niño:

– Muy mal -vuelve a borrar el profe-, es que esta letra es un desastre.

– ¿Sabes una cosa? -responde el niño.

-¿Qué?
– Que, mira, ya sé chascar los dedos.

 

El profe de Música con su guitarra eléctrica les explica a los peques atónitos:

– Y el sonido de la cuerda cuando la tocas pasa por el cable a este bafle…

– Profe…

– ¿Qué?

– Mi padre tiene una cinta de correr.

 

– Don Adrianey, ¿por qué a unos profes se les llama Don… y a otros Mister…?

Salta el compañero de al lado:

– Los Mister son más listos.

 

"Los argentinos hemos vivido en crisis los últimos setenta años -dijo Munsdtock en el Príncipe de Asturias-. Pensándolo así, tal vez hasta la creación de Les Luthiers haya sido consecuencia de esa necesidad de enfrentar la dureza de la realidad.” Que así lo hagamos nosotros en estos momentos. Amén.

 

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Twenty Four Seven

“No entiendo lo de las horas”… me dice un niño por la clase on line. ¡Puff, lo del reloj les cuesta un congrio!, y sobre todo lo de la aguja grande y la pequeña. Porque además un reloj para ellos es un smartwatch, y lo que quieren saber ahora es lo de los numeritos y lo de cero-cero y nada más. Para jugar a cambiarla.

Y quién me manda a mi ponerme a explicarles la hora precisamente en un momento en que ni el reloj ni el calendario se mueven desde hace más de un mes. Es absurdo. Por eso lo de que este curso es especial es así. Están aprendiendo otras cosas: lo que les estamos enseñando de modo 'no reglado'. Lo que están viendo 24 “horas” al día: nuestras cara y nuestras reacciones. Esa sonrisa cuando no hay wifi. Aprenden a sonreír.

Foto: pixabay.com

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